Dos realidades de la educación en Honduras muestran el contraste entre el abandono y la esperanza en comunidades rurales donde la migración y la pobreza afectan las aulas y donde una maestra mantiene vivo el derecho a aprender.
En Marale, Francisco Morazán, la docente Carolina Serrano recorre un camino de casi diez kilómetros y hasta tres horas para llegar a sus alumnos entre lodo y montañas, donde decidió no abandonar la educación.
Ella cuenta que su motivación son los niños a quienes encontró sin saber leer ni escribir y a quienes ha enseñado con esfuerzo hasta lograrlo.
Con sus propias manos levantó paredes de bajareque, techó el aula y construyó letrinas, además de conseguir material didáctico con recursos propios.
Aulas vacías por la migración
En Apacilagua, Choluteca, varias escuelas han cerrado por la baja matrícula provocada por la migración de familias hacia ciudades o hacia el extranjero, dejando centros con pocos alumnos o completamente cerrados.
Autoridades educativas explican que en una década se han cerrado múltiples centros en comunidades como Las Pilas, Matapalitos, San Felipe y Pueblo Nuevo debido a la ausencia de niños.
Habitantes advierten que los niños deben caminar largas distancias cruzando ríos y quebradas, lo que aumenta el riesgo, especialmente en temporada de lluvia.
El caso de Carolina Serrano y el cierre de escuelas reflejan dos rostros de la educación hondureña: uno de resistencia y otro de abandono.
Si la educación se abandona, el país pierde el futuro, pero cuando un maestro resiste, ese futuro aún puede salvarse.
Hoy Honduras quedó retratada entre escuelas vacías y una maestra que con sacrificio mantiene viva la educación. La educación no debería depender del sacrificio individual en Honduras.
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